lunes, 2 de enero de 2012

Si Dios fuera puta...


Recuerdo esos labios como si fuera los míos, la mirada tendida en las flores de pieles, los cabellos…cascadas solares que brotaban de la punta de su ser. Esos ojos…verdes ocasos destellantes y bastos de vida; vida misma que portaba de etiqueta y vodka en las llanuras galopadas de la noche.
La corporalidad angelical, danzante y jovial rosando las cunetas de la legalidad era el pasaporte a la vida de gala y abolengo en derroches pasionales y mentiras corporales de orgasmos actorales y mieles sinsabores.
No era puta, pues el vocablo en si resulta carente de modales y solemnidad. Ella era arte…amante, carente, queriente, incesante, sapiente y perteneciente a la experiencia más sublime, más exquisita, más grácil…que el mismo cielo la envidiaba.
Las cordilleras eminentes  y virginales cubiertas de las pieles más exquisitas, adictivas y deleitables eran el recinto de su alma. Cada centímetro de su corpórea existencia era miel y oro. Riquezas… ¡Las riquezas y las exquisiteces nacían en sus pieles! Hablo de manjares del alma, de la vivencia más sacra en lo terrenal de un orgasmo.
Ella era lo angelical de lo promiscuo, lo mas celestial que lo monetario podía alcanzar. Danzante y ligera al matiz de media noche. Cada paso la elevaba al portal custodiado por San Pedro y cada pecado se sumaba a la letanía de los más finos tropiezos bien remunerados…pero, buena o mala, ella, su ser, su esencia, su danzar, su inocencia tan bien representada…las esmeraldas de sus ojos, todo en ella construía una divinidad al servicio de los mortales que con goce y plenitud tornaba los gajes del oficio en sinfonías, obras, monumentos esculpidos con la maestría del mover de su carnal existencia. Ella…solo ella…robaba las esencias, coleccionista de placeres y actos magnificentes.
Y así, ella, fémina carente de edad longeva, brindaba sus pieles ante pupilas hambrientas, rapiñaros y mástiles de buen calibre en una trinchera sin guerras, adornada con luces neón y cantares de mal gusto.

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